domingo, 14 de junio de 2009

Entre la fuerza y la destreza

Como se sabe, una de las más humanas y antiguas imágenes con carga de símbolos es la de dos grupos asidos a una misma cuerda y tirando de ellas en direcciones opuestas. Pero hasta hoy mismo, para impresionar a las damas en las fiestas campestres, los mayores pueden afrontar cinchadas hasta la apoplejía. Los niños, en cambio, junto con la piñata, el gallo ciego y las carreras de embolsados, las trasladaron durante décadas a sus fiestas de cumpleaños. Lo distinto era que solían tirar de la soga a la par chicos y chicas; lo crítico, la equidad de quienes formaban los equipos. Justicia y distribución siempre fueron problemáticos.


La sillita de oro, una hamaca que se hacia entrecruzando las manos.

Empujar un aro de mimbre con una vara o un palito fue, según testimonian grabados antiguos, juego secular de niñas gráciles y vaporosas. Nada que ver con el gimnástico (o erótico) hula-hula de plástico que la TV popularizó hacia nuestros años sesenta.


El juego del Hula-Hula

Por entonces aún solía verse por las calles el fantástico carro del mimbrero, pero no traía sino sillas, canastos y plumeros: nadie pedia aros. la destreza de las chicas para jugar con ellos se habia global izado limitada a contorsiones a lempo. ya fue impensable verlas practicar aquella suerte de deck-tennis fascinador en que flameantes las faldas, cazaban y devolvían aros al vuelo con el complicado auxilio de dos palillos.
los varones también disfrutaban, pero con las ruedas: desde temprano creaban en la línea tuerca: guiar con un largo alambre una rueda de coche de bebe o, simplemente, con la palma de la mano, un neumático viejo. en los barrios, la gloría era poseer un “ karting” de tablas de cajón de fruta, casi siempre armado por algún mayor aunque el piloto participara de la fabricación y puesta a punto, el estrepitoso rodar de los cuatro rulemanes contra las baldosas vainilla de las veredas concretó el sueño de muchos chicos. (y abolió la siesta de infinidad de vecinos,)

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