En el rango el orden de partida se elegía por canto, proclamando a viva voz el derecho a ser cola, antecola, etc. Un chico se doblaba a 90 grados, bien afirmado, de modo de poder ser saltado por los otros con o sin apoyo de las manos.

El Rango
Los saltarines podían afrontar polemicas y crecientes alturas o, solidariamente, ubicarse cada uno como nuevo obstáculo para crear vallas sucesivas y ser saltados por los demás. Recordar el juego es útil contra el insomnio en lugar de las clasicas ovejitas. No así la variante circense, mal vista por las madres, de pilas humanas en el Cachurra monta la burra.
La edad de oro de las muñecas francesas fue la segunda mitad del siglo pasado. Eso explica que aún puedan hallarse en el país piezas de entonces que fueron juguete de niñas del siglo XX. Si bien ya no con rostros de porcelana, nunca faltarían muñecas queribles: enjoyadas damas de pasta o irresistibles peponas de trapo, parlanchínas o mudas, con ojos móviles o absortas miradas fijas, cada una sirvió para atentar la vocación maternal de sus pequeñas propietarias y para orientarlas en artes de elegancia, seducción y urbanidad. Con ellas se remedaba la vida visible de los mayores, salud y malestares, enojos y reconciliaciones; se jugaba a las visitas y a la maestra. Cada niña ponía a su muñeca un nombre soñado porque la sentía su hija. Y siguió siendo así, pero de modo menos carnal.
De la nativa y exitosa Marilú a Mariquita Pérez y Pierángeli dieron en venir al mundo con sus nombres comerciales. La globalizada Barbie ya es otra historia.

La Muñeca Marilù

La Muñeca Pierangeli
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