domingo, 14 de junio de 2009

Martín pescador

Una hilera de niños debía pasar el puente que otros dos formaban con sus manos tomadas en lo alto. Cada uno pedia paso y se le concedía, salvo al último, sobre quien caían cuatro brazos enlazándolo. El prisionero era forzado a opciones como durazno-manzana, rosa-jazmín. Boca-River, cosas así, pero que definían su ubicación silenciosa detrás del lider-carcelero Ya sometidos todos al férreo bipartidismo, se habian formado dos nuevas filas, dos bandos. El final, según los sexos, edades y educación de los jugadores, podía ser de simple escrutinio y consagración, o terminar con empujones, cinchadas y derribos.

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