En los últimos tiempos viene siendo una preocupación creciente para mí, movido por los
sucesos que están ocurriendo en el mundo y en especial en mi país, el maltrato, abuso, y
asesinato de niños.
Una semana antes de que en Argentina sucediera lo que luego se llamó
argentina, comencé a escribir un artículo que reflejara mi preocupación, al que llamé:
Alerta especie en peligro de extinción. Confieso que cuando sucedió lo que sucedió,
quedé hondamente conmovido y paralizado por este sentir anticipatorio.
Por esa misma época un consultante trajo a la sesión un viejo libro que él había
terminado de releer, se trataba de Hommo Ludens, del escritor holandés Johan
Huizinga. Fue muy agradable reencontrarme con ese texto, en especial, con un
fragmento que luego comenté con mis compañeros de Casabierta. Simultáneamente
comencé la lectura de Las Manchas del Leopardo, del biólogo Brian Goodwin, quien
plantea una alternativa a la teoría darwiniana, en la cual lo importante en los procesos
biológicos es el orden relacional entre los componentes de manera que las cualidades
emergentes predominan sobre las cantidades. Y agrega: “somos tan cooperativos como
competitivos, tan altruistas como egoístas, tan creativos y lúdicos, como destructivos y
repetitivos “. Grande fue mi asombro, cuando hacia el final del libro, me encontré que el
autor cita textual, el mismo fragmento que compartí con mis compañeros:
“el juego es más viejo que la cultura porque, pues por mucho que estrechemos el
concepto de ésta, presupone siempre una sociedad humana, y los animales no han
esperado a que el hombre les enseñara a jugar” ; “el juego es caótico, es impredecible,
pero de él surge continuamente el orden”
Por eso es que quiero agradecer y no corregir el error de tipéo de la comunicación que
me llego vía mail invitándome a este prestigioso congreso, porque contribuye a dar
fundamento a lo que hoy quiero exponer a ustedes:
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La educación tiene una función social de transmisión de valores, de
socialización, de convivencia, de adquisición de hábitos y conductos y,
en resumidas cuentas de garantizar un modelo social y cultural para el
futuro.
Espero que a lo largo de mi exposición quede claro lo que para mi es el peligro que
supone entubar a los seres humanos, colocarlos en conductos y diagnosticarlos con un
veredicto inapelable y único de cómo se debe aprender o como se debe curar, que no
hace lugar a la singularidad y a lo diferente, creando un modelo relacional donde lo
pequeño, lo que crece, la diferencia, tiene que desaparecer a cualquier precio (recuerdo
un fragmento de la película The Wall donde los educandos aparecen como una serie
donde todos son idénticos).
Es por esto que agradezco lo que aprendí del error, porque en este caso para mí operó
como productor de un sentido nuevo, propiciando la creación, la novedad, justamente en
una conferencia acerca de la educación y sus formas.
A QUE JUGAMOS
De modo que el título de esta conferencia es ¿A QUÉ JUGAMOS?
¿A qué jugamos? es la pregunta que se hacen los chicos cuando se reúnen en busca de
alguna diversión, la pregunta que le formula iracundo ante una situación que no
comparte, un marido a su esposa o una novia a su novio, un socio al otro, un cliente al
vendedor, un pueblo a sus gobernantes; también puede ser la que, apasionadamente,
pregunta el amante a su enamorada, incluso es la que desde un profundo interés y
respeto formula un docente a sus discípulos o un terapeuta a su consultante.
Esta pregunta puede entenderse o bien como una mera procura de entretenimiento o
distracción o bien como el intento de ahondar en la búsqueda de una salida creativa, una
manera de acceder a la comprensión de una situación confusa y hasta paradójica.
Sea cual sea el propósito, está claro que la misma se refiere a una pregunta por las
reglas del carácter particular de ese suceso y no a leyes generales ya sean éstas
morales o científicas. La pregunta acerca de a qué estamos jugando nos remite al
presente, al suceder aquí, en este instante, a lo inmediato y a nuestra participación en
ese suceder.
De modo que la pregunta acerca del jugar, es un pregunta “en serio” y no es “un juego”
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sonidos y silencios; los sentimientos juegos de amores y odios, de alegrías y tristezas;
las relaciones humanas juegos de encuentros y desencuentros.
Juego como articulación de sucesos, de saberes, de creencias. Juego también es
acuerdo, es consenso, es compartir y es cooperar.
Parafraseando a Calderón de
conferencia: para mi la vida es juego y los juegos, juegos son.
Del griego nos llegan las palabras Cosmos y Caos. Caos como el dios del origen y
cosmos como el dios de lo organizado, caos como Dionisio y cosmos como Apolo.
Caos era un dios, el primero, el más elemental. De allí surgió lo demás.
Para la modernidad el caos equivale a desarticulación, falta de control, separación entre
las partes de un sistema.
Y lo que intento aquí es decir y recordarles que caos no se opone a cosmos, sino más
bien que caos deviene cosmos que deviene caos, que deviene cosmos. Entre ellos
están jugando un juego, que se acerca a nuestra conceptualización de la experiencia de
la transformación: una forma que deviene su transforma.
Recientemente David Peat, a través de
necesidad del estudio de lo irregular y único, lo cual derrumba el mito de que la ciencia
sólo estudia regularidades, del mismo modo que la asistencia y el cuidado de una
persona desde la psicología o desde la educación requiere atender a lo que hay en ella
de único e irrepetible.
La teoría cuántica, la teoría de la relatividad y la teoría del caos, han dado nacimiento a
un nuevo paradigma científico con profundas implicaciones para la vida cultural de las
sociedades del presente siglo. Estos tres desarrollos presentan una refutación
contundente a la idea predominante de que el universo es una máquina, que el mundo
natural es un mundo muerto y que el ser humano está separado de su ambiente.
Ya no es posible negar el fenómeno de la mutua implicación entre el observador y lo
observado, que echa por tierra el supuesto de la objetividad, y de la separación sujeto
objeto Tampoco es posible negar que el concepto de verdad absoluta y única se vuelve
cuestionado, con todas las consecuencias epistemológicas y hasta morales que
conlleva.
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Las reglas del juego que proponemos tienen que ver con este fluir de la vida, cuya regla
es la transformación, a diferencia del juego dominante cuya regla es la noción de
progreso, en relación a una medida patrón, única y canonizada, que da lugar a juzgar lo
que está dentro y lo que esta fuera de la medida. Nos dice Saint Exupery “la vida crea el
orden, pero el orden no crea la vida”.
Juzgar, supone una ley, en cambio jugar supone la constitución de reglas singulares que
permiten asistir a la transformación. Las reglas de este otro juego son las redes, el
contacto interhumano, los encuentros, la regla de oro por así llamarla consiste en
permanecer plenamente, en estar ahí. Cuando en los grupos de juego para adultos que
hacemos en Buenos Aires, alguien se retira del juego porque dice que está aburrido, lo
que le proponemos es que permanezca aburrido, que no intente forzar el divertirse
porque en el mismo aburrimiento se encuentra la génesis de la diversión.
Estoy hablándoles de los niños, como lo pequeño y también como nuestro origen, y en
esto los niños son sabios, ellos son la expresión de nuestro modo más orgánico, ya que
en el origen somos plena sabiduría organísmica, pura experiencia, cuando niños
estamos aún unidos a la totalidad, al universo. El niño representa un aspecto de la
humanidad más primitivo, y así como los animales que preceden a la cultura, los niños,
despliegan en plenitud una de sus capacidades más importantes, cual es la capacidad
de JUGAR.
Cuando pregunto a qué jugamos, estoy preguntando si estamos procediendo como
cultura siguiendo una ley inexorable que nos conduce a la supervivencia del más apto, o
si se trata de un juego, regido por reglas que pueden cambiar. Si esto es así, con que
uno de los jugadores no quiera cumplir las reglas, ese juego se acabó. Comienza otro, y
el carácter de juego adquiere su potencia transformadora.
Es importante percatarnos de lo que ofrece el carácter del juego.
Propongo que juguemos a otro juego, el juego infantil, el juego que acepta el caos como
un principio de creación y de orden. El juego que articula lo dionisiaco junto a lo apolíneo
porque esto implica otra manera de enseñar y otra manera de aprender. El jugar no
tiene otra intención que el jugar mismo, en esto se parece a la contemplación activa,
que no tiene otra intención más allá del permanecer, haciendo lugar a la intensidad.
Jugar es estar presente, estar ahí, siendo parte, jugándose. En este juego de palabras
estoy tratando de referirme a lo que conceptualmente nombramos como la actitud de
contemplación activa, que considera la creatividad como la expresión del caos creador
a diferencia de la intervención pasiva.
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El juego que estamos jugando como civilización o como cultura, es el juego de los
dualismos, las oposiciones, los diagnósticos, las separaciones, las exclusiones, que
busca el control, el dominio, la medida como artificio de control, el triunfo de lo apolíneo
sobre lo dionisiaco, es un juego apoyado sobre reglas que afirman la vigencia del
sometedor sobre el sometido. Este juego esta sostenido por la metáfora de la
supervivencia del más fuerte, del principio de la competencia, por lo que algunos
seguidores de Darwin partidarios de una mirada que reduce la complejidad del
organismo al mundo del ADN y los genes, lo llamaron el GEN EGOISTA. El modo
dominante de nuestra cultura, establece leyes, y juicios. Desde la ley estamos en
condiciones de juzgar desde un lugar canonizado.
No es mi intención negar este juego, sino considerar que jugarlo, abre un particular
dominio de experiencia, y que este no es el único posible. No estoy hablando del juego
como opuesto a…sino como una manera diferente de entender el modo en que
articulamos la realidad.
Jugar un juego con otras reglas, nos abre a territorios nuevos, genera un campo de
experiencia diferente y creador. Propongo que nos animemos a jugar esta posibilidad
comenzando por restituirle a la realidad su carácter de juego y no de ley.
Suelo comentar en lo que hace a mi práctica como terapeuta que se puede acceder al
encuentro con el otro desde una mirada “cartográfica” es decir con un mapa que nos
permita identificar “accidentes geográficos” en él o bien de acceder al territorio del
encuentro con otro, libres de mapas y animarnos a correr el riesgo de “perdernos”
Distintas miradas, abren juegos diferentes, y en este momento de la humanidad estamos
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